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Feferoni

octubre 4, 2012

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Me acabo de tomar para merendar, raro que es uno, una ración de bacalao encurtido con feferoni. El feferoni, no confundir con pepperoni, es un pimiento de la familia de los Capsicum annuum que suele consumirse fresco y no del todo desarrollado; por eso su forma común en los platos es la de un tomate cherry, apenas identificable de uno auténtico a más de medio metro, razón por la cual, hace cinco años, tuvimos algún que otro momento entre lágrimas los erasmus de Kosice. Es muy típico de Hungría y su periferia, y su saborcillo en mis labios me empuja a escribir esto.

Hace cinco años no podía con él. Ahora mismo he disfrutado y sin requerir leche después, truco para diluir la capsaicina. Como todos, en la “juventud” había probado el tabasco, digamos nivel 2/10 en mi escala. Aparte de la cayena en polvo no recuerdo nada equivalente en mi entorno. Hasta que empecé a vivir fuera. Oh, la Sriracha, qué haría yo sin tí y sin el día que te conocí. 4/10 en mi escala.

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La Sriracha viene a ser la marihuana de los picantes: el puente a cosas más fuertes pese a su apariencia inofensiva. Empecé con ella algo timido y cauto, pero rápido se volvió indispensable hasta el punto que excluyó de mi dieta cualquier otra salsa de bote. Luego vinieron las pastas de curry, más verde que roja por mi tendencia a usarla en pescados, pero el verdadero salto, la parte chunga de la historia, vino con the motherfucking Habanero.

Hay una cosa llamada Escala Scoville, un tanto inexacta pero válida para medir la intensidad del picante. El Habanero (mi 8/10), alcanza un nivel bastante aceptable hasta el punto que la primera vez que lo probé rebasó mi umbral no de molestia, sino de dolor (error de novato al tomarlo sin mezclar). Eso fue hace un año. Ahora, con cautela, puedo disfrutar de él, y también del Madras, y del Vindaloo si me acompaña un buen Lassi. Sobra decir que a día de hoy la Sriracha y el feferoni no me hacen ni cosquillas, son aperitivos. El círculo del calor infernal se ha cerrado.

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Dicen que, sin abusar (no le hecho picante a todo y sigo apreciando los sabores, no como un amigo indio que le echa cayena a la ensalada), este tipo de comida ayuda al metabolismo e incluso reduce el riesgo de cáncer. Dicen. Yo me limito a probar y disfrutar en honor a la ciencia (ciencia gastrointestinal, se entiende).

Dos cosas antes de terminar: no quiero ir más allá y odio los jalapeños. Mi escala de 9/10 y 10/10 me pondría el culo torcido y no es una metáfora: a una de las salsas más hardcore la llaman ass-reaper. Y sobre los jalapeños… me sientan como un tiro. No sé que tienen que me rompen por dentro. Por suerte hay más donde elegir.

5 comentarios

  1. “No quiero ir más allá” = ¿”No quiero probar el ghost chili”?
    Yo también soy adicta a la sriracha (90% en la escala de The Oatmeal), pero no voy más allá, de hecho a mí me enchilan los dedos hasta los jalapeños y ni me atrevo a manipular el habanero con guantes. Sufro viendo al de Man vs Food comiendo las alitas mortales de ghost chili…


    • “No quiero ir más allá” y “quiero ir más allá”, ambos a la vez en plan cuántico. Por suerte en mi entorno no hay ghost chilli porque, si lo hubiera, acabaría picándome con alguien. Más allá del vindaloo aquí no se puede encontrar nada más fuerte.


  2. Cómo te lo pasarías culinariamente en este país, no ganarías para apuestas y piques xD


  3. No tengo tanto problema con los jalapeños. Supongo que atrevido sería probar el Bhut Jolokia, originario de la India y que en la escala Scoville, en la que suele medirse el grado de picor de un ají ostenta 1.001.304 SHU, yo no me muero por la intriga de probarlo.
    Eso debe ser mucho pero muchísimo picante considerando que un jalapeño está entre los (2.500 y 10.000) SHU.

    Esos feferoni me recuerdan mucho a ciertos tomates húngaros que llamaban “horse radish” en el Golem, que disfrute en mi 1era cena en cantina eslovaca.

    Curiosamente en mi última visita a Londres, fui con Manolo a una cadena de restaurntes italianos, reconocí al cocinero que nos atendió enseguida (pensé, ese tiene cara de ser un membrillo de la España norteña) , y entonces la gamba picante hizo aparición de nuevo, creo que el cocinero intercambio conmigo lenguaje telepático (supongo que me comunicó: “pués este membrillo te va dejar la lengua en brasas”). Me guardé de mis intuiciones, y precavido pedi un calzone, sencillo, de jamón, champiñnes.

    Lo bueno de ese bar, es que te proveen de agua fría gratuita, aunque en vaso pequeño (con lo poco que me gustan… eran vasos solo aptos para chupitos ucranios. Hice acopio de agua, pero al final tuve que tomar 4o+ vasitos (igual Manolo recuerda la suma). El cocinero membrillo coloco en una parte del calzone jalapeños y cayena, me pareció reconocer(por supuesto, no venían en la carta)… muy agudo, pero yo aguante estoico el envite, no sin sudores (y que habia hambre, además), y gracias a tner abundante líquido a mano.


    • En realidad lo que probaste en el Golem era feferoni. El horseradish, aunque durante aquel primer año creímos tenerlo bien clasificado, es un rábano, como su nombre indica, de la familia del wasabi pero en blanco. Mezclado con salsas tiene un pase, aunque no soy especialmente fan. http://en.wikipedia.org/wiki/Horseradish



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