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Riistakäristys

mayo 28, 2010

Algo estaba mal en el mundo, me dije al entrar en el avión, y ese algo era yo. Cuando separaron a los pasajeros de clase económica respecto a los de primera clase con unas cortinas estiré las piernas ante la gran distancia a la que se encontraba el asiento delantero y me sentí raro. No era culpabilidad, pero casi. Y la situación empeoró cuando trajeron en pleno vuelo la ternera, la ensalada césar y el pastel de chocolate. Casi esperaba que una de las azafatas me mirara con cara de ira y me señalara diciendo “¡Túúú! ¿Qué haces sentado aquí? ¡Vete! ¡No perteneces a este lugar!”.

Debo decir que antes sólo había volado en low-cost. No tener espacio donde poner mis rodillas, escuchar el lloriqueo de los crios y mirar los bocadillos de diez euros en los catálogos mientras me intentaban vender perfumes tres veces por hora era la única forma de volar que conocía: por ello me sentía mal ante los lujos. Algo en mi interior me decía que era un farsante, que me estaba aprovechando de algo o de alguien, pero no había error: aquellos asientos en los vuelos sucesivos estaban asignados a mi nombre y, pese a que no había pedido nada de aquello a mi empresa, tenía claro que no me lo merecía.

Me sentía como un chiquillo pobre que acababa de colarse en una boda de lujo.

Igual en el hotel. Eso de tener una gama de salchichas, salmón cocinado de una docena de formas y demás manjares en buffet durante varios días casi me destroza el cuerpo -no por culpabilidad, sino por gula- más que el Sol colándose por mis cortinas a las dos de la mañana. ¿Finlandia? Bien, bonita, limpia, y silenciosa. Demasiado silenciosa. No me la imagino como lugar para vivir, pero con buen tiempo nadie se resiste a la mezcla de bosque cerrado y lago kilométrico que puebla el país. ¿Y los fineses? Agradables y más ruidosos de lo que esperaba si se juntan varios. Antes tenía la impresión de que eran los japoneses de Europa, pero ahora, tras verlos tratando con japoneses, mi conexión mental ante sus maneras se ha intensificado.

¿He obviado que durante la travesía el contenido de una de mis maletas estaba valorado en 600.000 euros? Sí, la vida es como una caja de bombones. Nunca sabes qué prototipos te van a asignar.

5 comentarios

  1. “Bien, bonita, limpia, y silenciosa. Demasiado silenciosa. No me la imagino como lugar para vivir, pero con buen tiempo nadie se resiste a la mezcla de bosque cerrado y lago kilométrico que puebla el país.”

    Jeje, no creo que una ciudad (o país) pueda ser demasiado silencioso. Ahí se nota que vienes de una ciudad tan ruidosa como Málaga. Por lo demás, de acuerdo: yo no soportaría vivir allí más de dos meses (las temperaturas inferiores a 30º me resultan fatales), pero paisajísticamente le da sopas con honda a España sin despeinarse.


  2. Es como si tuvieran una norma no escrita de hablar poco y bajo si no hay techo encima, no sé. También es que la densidad de población en las ciudades es baja y te encuentras más bicicletas que personas…


  3. Esa regla no escrita se llama “civismo” o “educación” y es algo de lo que en Málaga no andamos precisamente sobrados.


  4. El tercer comentario ha dado en el clavo.


  5. Tambien he tenido esa sensación, montando en primera clase, y por las salas vip de aeropuerto, cortesía de cierta compañia de telecomunicaciones. El resultado fue indigesto,(tantas patatas y snacks for free) y claro que uno se siente raro, ante lo que no esta acostumbrado… luego te das cuenta que el servicio no vale lo pagado, de ninguna manera…
    Aunque no nos pusieron ni ternera ni pastel de chocolate…



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