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Agua

octubre 25, 2009

El otro día vi The Age of Stupid, una película de lo más particular donde un hombre del 2055, rodeado por un mundo devastado, echa un vistazo a imágenes y vivencias reales de la actualidad para comprender y criticar la debacle ecológica en ciernes. Pese a no ser ni remotamente perfecta -el montaje y la selección de algunas localizaciones y personajes es muy criticable- recomiendo encarecidamente el visionado de esta película, a la que personalmente pongo al nivel de An Inconvenient Truth.

Aunque la película no me ha abierto los ojos en el sentido amplio de la expresión -puede que me olvide de ella en un par de semanas- sí que ha logrado señalar algunos detalles cuestionables de mis costumbres en los que no me había parado a pensar demasiado y que me he propuesto cambiar. Y uno de estos detalles, al que dedicaré unas pocas palabras, es el consumo de agua embotellada.

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No diré que beber agua del grifo en Madrid o Granada sea lo mismo que hacerlo en Málaga, ni nada comentaré -más que nada por ignorancia- sobre la relación entre las piedras en el riñón y la alta mineralización en la alimentación, en caso de que exista. Tampoco haré mención de otros detalles, como que el agua embotellada cueste 500 veces más que la del grifo, pues 4 o 5 euros más al mes no son para tirar cohetes. Evidentemente mis intenciones van por otro lado.

Un vaso de agua del grifo en Londres -y me parece razonable usarlo como valor medio para cualquier otra ciudad grande de Europa- deja una impronta de CO2 de sólo 0,3 gramos. El equivalente en agua embotellada -pensad en el uso de petróleo para la botella y el gasto en combustible para los kilómetros que debe recorrer- produce 185 gramos; casi 700 veces más. Sin duda un capricho demasiado sucio para que no provocar remordimientos y que debe multiplicarse por los 40 millones de botellas de agua que se calcula son vendidas al día en todo el planeta.

No todo el mundo está dispuesto a prestar atención exhaustiva a lo que compra para llenar su nevera o su armario, ni qué decide importar del extranjero o descargar digitalmente renegando del soporte físico. Yo soy uno de esos idiotas. Pero al menos me he propuesto cambiar algunas cosas, muy despacio. Y hoy, por primera vez en muchos años, he salido del supermercado sin comprar botellas de agua. Te invito, oh lector, a llevar también a cabo tan cómodo sacrificio.

One comment

  1. Pues yo casi nunca compro botellas de agua. No recuerdo cuándo fue la última que compré.

    En mi casa tenemos una depuradora, gracias a la cual el agua sale muy buena (no parece de Málaga, vaya).



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