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Jaqueca

febrero 13, 2008

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Lo podemos llamar navegar a la deriva. Normalmente sucede cuando debemos hacer algo y en cambio acabamos gastando incontables minutos de web en web, sin un hilo común que empuje nuestros pasos salvo la curiosidad. Como en todo, tenemos nuestras guías: lugares donde otros colocan pistas o recomendaciones y que no son más que nexos para nuevos caminos. Pero la mayoría de la gente tiene diversas páginas que visitan diariamente y, a partir de las cuales, no son capaces de avanzar. Otros, en cambio, son más retorcidos. Los miembros de esta mayoría suelen preguntar a los de la minoría cómo pueden conocer tal cosa, cómo las encuentran y dónde. Lo que marca la diferencia puede denominarse el factor esponja.

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Recuerdo determinada conversación hace aproximadamente dos años, durante un descanso en la cafetería de mi facultad. Éramos unos cuatro, presumo sin temor a equivocarme de la minoría cerrada con múltiples factores comunes: procastinación crónica, déficit de sueño y relojes internos casi invertidos. Uno de ellos, de vez en cuando lector de este blog aunque dudo él recuerde sus palabras, dejó fluir un sutil pensamiento: “Me encantaría calcular la cantidad de información que entra en mi cabeza a lo largo de un solo día”. En efecto, internet permite una sobrealimentación para el cerebro como nunca antes se ha dado. No es equiparable por ejemplo leer un libro seis horas seguidas a estar seis horas seguidas cambiando de web cada dos minutos, lo que equivaldría en el mismo tiempo a tratar casi doscientos temas distintos. Cada día.

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En aquella conversación nos preguntamos los efectos negativos de esa sobrealimentación. Estaba claro que tantas chorradas por hora sólo tenían como aspecto positivo el interés casual. “Me acabará explotando la cabeza”, comentó el mismo individuo. Porque si nos planteamos recordar los centenares de chorradas que leímos, vimos y escuchamos la semana pasada puede resultar casi imposible. Pero la misma memoria fluye a un primer plano sólo con un leve recordatorio. He estudiado lo suficiente del funcionamiento de la memoria para saber que hay mecanismos cerebrales para administrar sus recursos, pero estos mecanismos fueron implementados en nuestros cerebros antes de que existiera la red de redes. ¿Conclusión?

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Ahora soy incapaz de quedarme con hambre; necesito navegar a la deriva y descubrir algo más interesante, más original. Saber más. Pero no hay atisbos para conocer cuáles serán las consecuencias. Quizá toda esta -a fin de cuentas- morralla va a proteger nuestros cerebros de problemas seniles en el futuro. O tal vez sea el causante de nuevas enfermedades mentales de las que no se tiene noticia. Con el mismo realismo pesimista que no pude evitar en el post de Zeitgeist debo decir que ya hemos tirado los dados, y la suerte está echada. Tú que me lees incluido.

One comment

  1. La verdad no está en internet, está en el TASM. Bueno, vale, te admito también el gcc y el Matlab, pero nada más.



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