Tengo pocos conocimientos sobre la realidad biológica y demasiadas películas visionadas para tener una idea objetiva, pero el tema de la gripe porcina me está sorprendiendo por la rapidez en que se está agrandando el tema en las últimas horas, siguiendo la virulencia exponencial de cualquier pesadilla infecciosa a lo 12 Monos. Si hace un par de horas en las noticias eslovacas se alertaba ante la posible ruina de muchas agencias de viajes al ver cómo llovían las cancelaciones de vacaciones a España y América este verano, es decir, gente de Centroeuropa que intentaba no pisar “suelo infectado”, ahora la noticia son un par de casos sospechosos en la República Checa, lo que viene a significar que importa poco irse lejos porque la mierda, a falta de confirmación, la podríamos tener ya en el barrio de al lado.
Laboratorios farmacéuticos y mutaciones/fusiones de cepas gripales a un lado, no me gusta nada este tema y me siento como en el primer día de la Guerra de Irak, expectante de algo muy chungo y muy gordo (que todo sea dicho no llegó ni pudo pasar). Pero ahora, cuando necesito estudiar, mi concentración se diluye principalmente por un detalle sobre las epidemias gripales fuertes que lleva sin esclarecerse desde 1918, con la mal llamada gripe española, y que se está reproduciendo actualmente también: la mayoría de los fallecidos por la gripe porcina tienen veintipico años y eran aparentemente fuertes y sanos, es decir, mueren quienes mejores sistemas inmunológicos poseen. Y es cuando la naturaleza te hace quedar como un auténtico idiota cuando suelen iniciarse los nuevos capítulos en la Historia Natural.

Ni vivos ni muertos, más antiguos que la vida en la Tierra y a buen seguro más longevos que la misma Tierra, siempre me han fascinado los virus. Son, junto con los nanorobots, lo más badass que te puedas echar a la cara. Si acaso ambos conceptos no son lo mismo.






